Para contaros esta historia hay remontarse al Pleistoceno ya que Brixta contaba con la tierna edad de 17 años. Imaginaos a los dinosaurios en forma de coches campando a sus anchas en la highway; imaginaos trogloditas machos en forma de pringaos engominaos con los pantalones enseñando el culo blanco forofos del RAP, a troglotitas féminas con el pelo cardado, y a ambos sexos hablando con una patata en la boca…. No quiero abusar y pedir tanto. Ya sólo con que os imaginéis a Brixta con 17 primaveras es echarle suficiente imaginación.
Brixta, con esa edad, se fue un año de intercambio a la Deep América con todo lo que eso conlleva. No sé en qué estaría pensando exactamente Mamá Brixta cuando tomó su decisión pero, me da a mí en la nariz que en putearla vilmente porque la mandó a un High School (Instituto) ni menos ni más, ni más ni menos que…. ¡tachán!………… luterano.
Nuestros recreos de la mañana consistían en una chappel, es decir,capilla, si por capilla entiendes que sacaran todos los bancos del gimnasio donde nos reunían a todos en tropel a escuchar sandeces en formato RR.PP. empresariales: “Dios es un activo en el que hay que invertir”, “Sabemos que LE necesitas, trabaja con nostros”, “No esperes nada a cambio, Jesucristo te dará una parcelita con vistas al mar en su momento. Aún no toca, hay que invertir”, etc, etc….. Éramos 5 españolitos en todo el instituto y dedicábamos las “capillas” a comer pipas, bollos varios y a hacernos coletas y trenzas (casi nos echan por eso, porque es lo más indecente que puedes hacer en público…. y por otras cosas como, por ejemplo, llevar camisetas ajustadas. Éramos putones verbeneros, las españolitas).
Teníamos muchas asignaturas ridículas como álgebra (con 17 años que te enseñen a hacer raíces cuadradas es un poco fuerte), Historia de América (es decir, quién fue el pringao que puso la primera bandera de barras y estrellas en tal monte, que no montaña), geografía (aprendí que la capital de Reino Unido es Manchester, y va en serio), etc…. Había una asignatura obligatoria que me dio mucho repelús cuando la ví en la matrícula y con un nombre de lo más sugerente: Biblia; clases de Biblia. Sí, habéis leído bien. Era mi clase favorita. Sí habéis leído bien, otra vez. Teníamos un profesor muy bueno y joven (eso lo veo ahora; entonces me pareció un diplodocus humanoide). Todas sus clases eran prácticas y además aceptaba otros credos. Le expliqué la Brixtología (post pendiente BTW) y no sólo la comprendió sino que se le iluminaron los ojos, que no la mente. ¿He dicho ya que sus clases eran prácticas? ¿muy prácticas?. Pues para demostrarlo os diré que en sus clases tuve un hijo. Bueno dos, pero porque me obligaron, que no violaron.
Decidió que debíamos todos tener hijo para saber lo que se sentía y cómo encargarnos de él. Creo que tenía algo que ver con que su mujer estaba a punto de traer un churrumbel suyo al mundo y era una manera de desfogarse… (Ese tipo de conclusiones se las dejo a los psicólogos de palo declarados
).
La clases eran prácticas (¿lo había dicho ya?) pero no me seáis tan mal pensados. Al fin y al cabo estábamos en la Deep America y no nos iban a dejar follar unos con otros en mitad de clase. Aunque no hubiera estado mal, porque sólo con mirar de soslayo te dabas cuenta de la cantidad de gente con hormonas descontroladas que lo necesitaba, es decir todos nosotros. Así que, como no podía ser menos en un colegio luterano (insisto, además americano), me casaron. Así por todo el morro y en plan islamista, sin poder elegir. Hicieron papelitos: Machos/ Hembras y nos emparejaron. Y se preguntarán ustedes “¿eran pares en la clase?” Pues no, no éramos pares. Las que se quedaron sueltas eran “viudas”. No podían ser madres solteras, o lesbianas, no. El profesor era enrollado, pero no gilipollas, y no buscaba el linchamiento en el pueblo ése de mala muerte, con una calle de downtown (centro) al que se atrevían a llamar ciudad.
Tuve suerte y me tocó de marido otro estudiante de intercambio que me llegaba por el ombligo y con el que me llevaba de PM: Haji, de Osaka. Lo que nos pudimos reír. Teníamos 25 dólares a la semana de presupuesto, es decir, una millonada. Decidimos emplear 20 dólares en algo vital en nuestra relación: cervezas, ya que no en vano estábamos todos los fines de semana de fiesta en fiesta (en casas, obviamente) y el resto a pañales, y que no se nos quejara el niño que aquí nadie le había invitado a venir e invadir nuestra intimidad, amoshombre. No me digan que no era práctico.
Tras dejarnos las neuronas en el presupuesto nos dieron al hijo. Tenía esta pinta. Es más era clavaíto a éste, por no decir gemelo:

¿A que es guapo? Salió a Brixta. Nos curramos el nombre: Cara-huevo.
Y entonces, como habrán adivinado todos ustedes, nuestro hijo murió. Como sé que son listos, se habrán imaginado que no murió de inanición o alcoholizado. Murió despachurrado y el accidente ocurrió en el aparcamiento del instituto, como no, haciendo el gilipollas.
Ese día llegué a casa de la familia americana que me acogía muy compungida porque me iban a catear, y que te cateen en la Deep America es ser declarada oficialmente deficiente. La señora de la casa se apiadó de mí y llamó a los servicios sociales a mis espaldas.
A la mañana siguiente sonó el despertador a las 6 de la mañana (cosa que debería ser ilegal). Me tiré de la cama, con los ojos como un búho, la cara hinchada y una mala hostia increíble, y me arrastré como pude a la puerta para llegar a la ducha. Abrí la puerta, y ¡¡¡¡CHOFFFFF!!!!! Intento enfocar la vista cerrando un ojo para mirar mi pie derecho donde había notado algo raro. Un mejunje amarillento y una mini-cesta cubrían mi pie. Entonces, caigo: a los imbéciles de servicios sociales no se les había ocurrido otra cosa que endiñarme a otro niño-huevo caducao de los suyos, al que no sabrían donde colocar.
Así que, sí. Confieso: Tuve dos hijos…………… y a los dos, los maté.