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Vergüenza

Vergüenza.

Vergüenza propia, aunque me gustaría poder decir ajena.

Eso es lo que siento cuando de vez en cuando entro en mi blog y veo, a estas alturas del mes, un FELIZ AÑO A TODOS asín de grande. Me he obligado a dejar para más adelante mi postura natural de à la horizontal, desempolvar el Toshi, reanimar las neuronas y poner los dedos a hacer gimnasia, que es la única parte de mi cuerpo que la hace.

En mi defensa alegaré 2 causas de fuerza mayor ajenas a mi control por las que no he colgado nada antes

1) Soy una vaga de mierda (sin ánimo de querer arrebatarle el puesto a nadie; tú te quedas con el puta).

2) Me apetecía escribir tanto como que me dieran una paliza unos ultras.

Yo quería, de verdad. Yo quería, pero las causas no me dejaban. He dicho que eran de fuerza mayor, que la mi fuerza de voluntad.

Claro, que tampoco hay que librar de culpa a Timofónica y sus allegados. Señores, yo vivía en un país civilizado. Un país en el que si tú contratas Internet, tienes al tío de BT o la que toque en la puerta de tu casa en cuestión de un cuarto de hora porque están deseando instalarte todo lo instalable para empezar a sangrarte.

Aquí llamas a Timofónica, desesperada y con un mono GRANDE; no grande, no, ENOOORME, causado por el síndrome de abstinencia internetera (las causas de fuerza mayor, antes referidas, me impidieron llamar antes), y te dicen que el técnico tardará entre 10 y 15 días en venir. Eso sí, empiezan a cobrar desde la llamada de auxilio desesperada. ¡Con un par!. Es inmoral, como poco, que se aprovechen de los yonkis. A eso, ellos lo llaman “prestación de servicio impecable”, y en mi pueblo se llama “tomadura de pelo”, “tener más cara que espalda”, “encima de puta, apaleá”, “vete a tomar el pelo a tu p. madre”…. ¿Sigo? No, creo que ya me he desahogado un poco.

A todo esto, sigo sin Internet en casa. Me están provocando, lo sé. Me están poniendo a prueba.

Como pienso seguir usando este chorra-blog de catarsis y desahogo he pensado hacer una serie de secciones, que iré poniendo cuando me de la real gana:

v Las Comparaciones son (hasta) graciosas .- Tras mi vuelta a la Madre Patria sufro el síndrome del emigrante retornado mal avenido y porculero que no puede evitar estar comparando las dos metrópolis en las que ha habitado/habita: Los madriles o el Espe-feudo y los londones, ciudad gris de zorr@s y ratas. En lugar de dar (más) la chapa a conocidos, amigos y familiares con los que me desahogo habitualmente y antes de que me manden callar para siempre, he decidido abrir una sección en la que destripo, disecciono, añoro, critico y ensalzo una y otra ciudad. Ya habéis tenido una muestra más arriba. Resumiendo: la chapa os la daré a aquellos incautos que caigáis en este blog y estéis tan aburridos que lo leáis. Avisados quedáis.

v Imágenes/Situaciones insólitas .- Pues eso, lo dicho. Esta sección es muy apañada para días vagos. Ya veréis por qué.

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Brixta, ¿de qué vas?

(Sí, blogcompis ¡UN POST! ¿A que no os lo creéis? Yo tampoco).

Mi vida laboral ha seguido una trayectoria fija en una única dirección con un objetivo claro y definido.

Siempre he tenido clarísimo mi futuro. De pequeña cambiaba de profesión futura soñada como el que cambia de camisa. Que si un día arqueóloga, que si otro día astrónoma (porque las estrellitas molaban mucho ahí a lo lejos), astróloga (empecé a confundir términos bien pronto), DJ (esto era lo mío teniendo en cuenta que tengo una oreja por oído y una zapatilla por oreja), camarera (eso es ambición y lo demás tonterías) y un largo etcétera.

Fui camarera, la peor del mundo. Este trabajo me sirvió para constatar algo que ya tenía muy claro de siempre pero por si las flies: soy la persona más torpe del mundo. Los clientes habituales llegaron a perdonarme que a la hora del café sus cortados, solos, con leche y carajillos llegaran servidos en el plato porque, para compensar, a la hora del vermut, servía copas bien generosas. Eso le encantaba a mi jefe, pero preferí tener de mi parte a la masa que al capataz. Cuestión numérica.

Fui recepcionista en un hotel, la más borde del mundo. Trabajar en lo que yo llamo el paredón, me sirvió para probarme a mí misma que sigo siendo una misántropa declarada. Aprendí a mentir sin pestañear mirando a los ojos e insultar como una ventrílocua, pero sobre todo a odiar a la Humanidad.

Fui contable, la más despistada del mundo. Siempre he sido una negada para los números y además disléxica. Ambas son virtudes ideales para dominar el debe y el haber, cuadrar, y en resumidas cuentas tratar con dineros ajenos.

Una vez creí haber encontrado mi vocación. Un chollo de trabajo en el que ganabas un pastón, trabajabas media hora seguida de una hora libre, 3 días a la semana, 2 meses y medio de vacaciones al año. Era perfecto. Quería ser controladora aérea. Decidí irme a Londres por 6 meses a mejorar el inglés antes de presentarme a la oposición. Los 6 meses se convirtieron en 8 años de ná. Me presenté a la oposición y una de las sesudas pruebas consistía en jugar a los marcianitos. No me la pude tomar en serio. Las pantallas se parecían demasiado a los cutrejuegos de Atari. Me confundí tanto, tanto, tanto que se me olvidó que aquellos puntitos en la pantalla no había que aniquilarlos. No eran aliens, no. Aquellos puntitos había que salvarlos: eran simulacros de aviones repletitos de pasajeros que podrían haber sido tú, tu familia, tus amigos o incluso yo misma. Por el bien de la humanidad, no aprobé. Habría reducido la población mundial a la mitad en cuestión de 6 meses.

Cuando terminé COU no tenía ni pajolera idea de qué estudiar para seguir alargando la vida estudiantil y vivir como dios. Pensé en Derecho. Mamá Brixta, acojonaíta que debía estar pensando que su hija iba a ser otra eterna estudiante, cual tuno tunero versión femenina hasta que memorizara esos tochazos, me convenció para que estudiara algo más “creativo, ya que yo lo era” (¿Para qué quiero yo una abuela, teniendo a Mamá Brixta?).

Estudié (es un decir) una carrera preciosa, filantrópica, altruista, de gran interés para la sociedad en general y el individuo en particular. Una carrera que enseña a lavar el cerebro al prójimo y a crear necesidades que no existen. Una carrera que incita al despilfarro, la codicia y la ambición material de tener un coche más grande que el del vecino. Una profesión creativa, un arte comunicativo, información al consumidor. ¿Lo habéis adivinado ya?

En segundo de carrera decidí que NUNCA, JAMÁS en la vida trabajaría de ello. Iba contra mis principios, me daba asco, me daban ganas de vomitar. Así me mataran, trabajaría yo de eso, amoshombre. Tenía clarísimo que mi ocupación jamás coincidiría con mi profesión.

En fin.

Soy una bocazas.

Y una vendida.

Y una impresentable.

Y………….

Aviso: A cualquiera que se le ocurra rellenar los puntos suspensivos con palabras amorosas le llegará una colleja cibernética de las mías. He dicho.

 

PD: Visto lo visto, desde aquí digo públicamente que me voy a casar mañana y tendré 20 hijos. (Por favor, que funcione, por favor).

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Sigo viva y coleando

Que sí, que me he pasado tres galaxias. Pero ya parece que estoy blog-encaminada. Le estoy cogiendo el gustillo a contar chorradas por escrito otra vez (no tengo el estómago de llamar a lo anterior, escribir). Que el Toshi se haya puesto rebelde, tampoco ha ayudado.

Mi vida ha dado un giro de 720 º y me he estado recuperando del mareíllo.
Tengo posts en el tintero y uno casi preparado para mañana.

Eso es todo, amigos.

Por hoy.

(Sé que es una mierda de post, pero tanta presión no es buena para los artistas, leñe 😉 ).

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