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Pon un guiri en tu vida…… (Part Güán)

Y acabarás bebiendo cerveza como si fuera agua.

Y teniendo un manolo-cervecero de lo más sexy.

Y te parecerá lo más normal del mundo meterte una botella y media de vino a la hora de la comida delante de la Chupifamily sin que, encima, te afecte lo más mínimo.

Y comerás a las doce un sandwich guarro y, cenarás a las 7, roast beef.

Y una “patata enchaquetada” (jacket potato) te parecerá una comida sana y equilibrada.

Y un curry de carne de rata picada con salsa de color no identificado, una delicatessen.

Y llegar a casa a las 2 AM te parecerá haber salido a saco y haberte pegado el peazo-juergón del que tardarás en recuperarte una semana.

Y te hablarán en inglés por la calle en tu propio país.

Y te intentarán timar y hablarán de ti pensando que no los entiendes.

Y te emparaionarás con que hablas alto aunque el de enfrente no te oiga.

Y te olbidaras de avlar y ejcrivir tu propio hidioma, sin aprehender del todo el sullo.

Y tu idioma oficial será el Spanglish. Ya no pasarás el aspirador sino que “vacunarás la carpeta” (vacuum the carpet), o tendrás “tomatoes” en tus “socks”.

Y tomarás por psicópatas esquizofrénicos a los desconocidos que te hablen por la calle, aunque sólo te pregunten la hora.

Y te joderá (mucho) que te fichen en el metro e intenten leer de tu prensa (gratuita) que es sólo tuya que para eso has hecho el grandísimo esfuerzo de agacharte a cogerla tú.

Y dirás “ejjjjqüismi” cuando te pisen a ti en el metro. Repito: cuando TE PISEN A TI.

Y te parecerán unos maleducados de mierda cuando tú los pises y no te digan “zorri”.

Y te entrarán ganas de matar a las viejas que se cuelan delante tuyo en el mercado, porque han cometido el mayor de los pecados capitales: “Jump the queue”.

Y las camisetas de fútbol te parecerán prendas de etiqueta y el colmo del glamour para salir por la noche.

Y te movilizarás como no lo has hecho en la vida buscando entradas por toda la ciudad para un partido de esa mierda de deporte que te resbala más que un cerdo en una bañera llena de aceite Johnsons.

Y cuando salga el sol te parecerá un fenómeno paranormal y saldrás desesperada a la calle no vaya a ser que sea tu última oportunidad de verlo en siglos, cual Cometa Halley.

Y te pasearás por Sevilla, en pleno agosto a las tres de la tarde, en una calesa intentando poner cara de que lo estás pasando de puta madre, mientras tratas de ignorar que te estás derritiendo.

¡Qué duro es ser emigrante retornado!

(Dedicado a Lifey quien tiene fijación con los guiris. ¡El que avisa no es traidor!)

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La última de El Caracol

Dedicado a Iwi, a quien le debo esta explicación en la distancia. 😉

Antecedentes: El Caracol desde hace meses está fatal. Está hecho polvo. Tiene problemas médicos, dice él, relacionados con el estrés. Está aguantando el tirón porque esta situación (de mierda, añadiría yo) se va a acabar dentro de poco, dice él (eso espero, añadiría yo).

Me escribe un e-mail: Está paranoico. Lleva tres días sin ir a trabajar. No puede, no puede y no puede, dice él. Está mu´malamente. Ha salido a la calle y no puede cruzar la carretera (por la que, de media, pasa un coche cada tres horas, añadiría yo). Le da miedo. No sale más de casa porque no quiere cruzarse ni con vecinos ni con el portero. Le dan pavor. Está continuamente mareado. Rememora sus viejos tiempos drogadictos (lejanos, muy lejanos, añadiría yo) y lo compara con un bajón malo de ácido. Lo único que puede hacer es quedarse en casa, me comenta él. Lo único que tiene para comer es un pastel (arma arrojadiza-alfalfa-roca, añadiría yo) que le ha mandado su madre por correo (punto en común con la Chupifamily: mandarse viandas por correo, añadiría yo). Duerme a ratos. Despierta. Come más pastel-arma arrojadiza-alfalfa-roca. Cuando se despierta en lo único que piensa es en comer más pastel-arma arrojadiza-alfalfa-roca. Le sienta bien, dice él. Gracias a dios éste último que le envió su madre pesa kilos, dice él. Tiene suficiente para comer si no se recupera en toda una semana, me cuenta. Dice él, que no me moleste en llamarle porque no va a coger el teléfono. No me puede llamar porque no puede articular palabra. Hablará conmigo cuando esté mejor. Que no me preocupe tampoco, dice él (con la boca más que pequeña, añadiría yo).

Gracias a que soy lista de nacimiento deduzco que está clarísimo que lo último que quiere con ese e-mail es que me preocupe por él, su salud, su pastel-arma arrojadiza-alfalfa-roca, el portero y los vecinos. Así que me mantengo tranquila y pachorra (y un cojón, añadiría yo).

Me escribe un sms: Ha descubierto qué le pasó hace una semana. Fue envenenado. La culpa de todo la tiene su madre (como siempre según él, añadiría yo). Es largo de explicar (y tan largo que debía ser, añadiría yo).

Me hace una llamada telefónica: Ha atado cabos. Se ha desvelado el misterio. Se le ocurre pensar que quizás lo que le ha pasado es por causas ajenas al estrés y sus manifestaciones físicas, dice él. La respuesta está en los ingredientes del pastel-arma arrojadiza-alfalfa-roca. Pregunta a su madre por los ingredientes. Ni él ni ella tienen ni idea de cocina, dice él (no en vano, son ingleses, añadiría yo). Su madre preguntó a un amigo con cierta “experiencia” (tus padres no hubieran querido que fueras su amig@ en la década de los 60, añadiría yo; y posteriormente tampoco, seguiría añadiendo yo). Su madre le cuenta los ingredientes del pastel-arma arrojadiza-alfalfa-roca que le envió por correo. Lleva nuez moscada. El amigo sesentero explica que tiene “propiedades” que se hacen notar con dos cucharaditas. Salta la liebre, dice él. Busca en la Wikipedia. Puede llegar a ser una “sustancia peligrosa” dependiendo de la cantidad ingerida, me dice él a mí que le han dicho a él en la Wikipedia. Es peligroso a partir de 5 cucharadas, dice la Wikipedia. Su madre, le dice a él, ha echado DOS BOTES ENTEROS (de la exageración se podría decir que es vasca-andaluza, diría yo).

 

Yonkis del mundo: déjense de sustancias ilegales, y váyanse al carrefour a hacer acopio antes de que corra la voz. Lo dice el Caracol, añadiría yo.

Este Caracol es una auténtica mina para escribir posts. Es suficiente razón para no dejarle, añadiría yo.

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De Cuando los Mitos se Caen

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Sigo desgranando las obsesiones de El Caracol , que como veis son muchas y cundiditas. Aún no os he hablado de la principal: la música. No exagero nada si digo que tiene más de 4,000 cedeses, y la colección crece día a día, a un ritmo de 10 cedeses aprox. a la semana. No le vale bajárselo de la mula (no sabía ni lo que era hasta que se lo dije yo). Él quiere su original con la correspondiente cubierta. 

El Caracol se ha gastado en un equipo de música lo que yo ganaba en cuatro meses juntos. Sueña con el día en que pueda tener su propia casa y cambiar la instalación eléctrica, ya que los cables son fundamentales para poder escuchar el aparatito ese tan barato a pleno rendimiento, y se imagina viviendo en el campo, aunque se pudra del aburrimiento, sólo para poder poner la música a toda pastilla. 

El Caracol se pasa las horas muertas haciendo mp3, cedeses para amigos, y actualizando una hoja Excel donde los tiene todos clasificados. 

El Caracol no sólo tiene de todo tipo de música inimaginable, incluyendo unos insufribles villancicos Heavy Metal, sino que sabe de cualquier grupo o cantante su vida, evolución musical, donde vivió/vive, la talla de calzoncillos/bragas/zapatos que usa y hasta cuántas de rayas de coca se mete a la semana. Da igual la década y/o estilo musical. 

El Caracol me ha abierto los oídos a música de la que jamás había oído ni hablar empezando por música del desierto, pasando por la banda de su pueblo y acabando en el Reggae-Metal. 

Gracias a El Caracol sé diferenciar entre Rap londinense y Rap de Birmingham, Dark Dub y White Dub, Drum & Base según la zona de Londres en la que se haya producido, etc. (De los nombres ni me habléis, pero eso tiene que ver con mis defectos de fábrica y dificultad de retención de datos). 

El Caracol consiguió que me vuelva medio gafapasta y me guste el Jazz, que ya tiene mérito porque para mí era música de ascensor o lobby de hotel de lujo. 

El Caracol me ha llevado a mil conciertos en Londres, y conozco todas las salas en esa ciudad que no son pocas. He visto actuar a dinosaurios Punk legendarios como The Damned, en cuyo concierto me sentí una niñata, y para colmo, de las pijas, porque no se me ocurrió disfrazarme de punk pasada de vueltas y generaciones. 

Gracias a El Caracol sé que Ryan Adams no tiene nada que ver con Brian (Adams), y que es un desequilibrado mental que según le pille el día bien se emborracha en el escenario e invita a rondas a todo el público, o bien les escupe y deja el concierto a medias porque “alguien de la primera fila le ha mirado mal”, como tuvimos la grandísima suerte de comprobar nosotros. 

El Caracol es el oráculo musical de cuantos conoce, incluyendo a mi familia y amigos, la suya, nuestros vecinos, etc. El Caracol tiene un amigo que es crítico musical en un periódico con el que debería compartir la nómina porque es una de sus principales fuentes de información para parte de sus artículos. 

Siempre me he sentido muy orgullosa de su buen gusto musical y oído, y estaba contentísima de que cada X tiempo me “llenara” el iPod con música, a fin de instruirme y descubrir nuevas cosas. 

Pero entonces, señores, el desafortunado día llegó. El mito se cae, y ya no le puedes ver con los mismos ojos. Te hace dudar de si no habrás estado idealizándole todos estos años. Mi gurú musical particular se cayó del pedestal, perdió su cetro y mi respeto. 

Si piensan que mis palabras son duras, imaginen que escuchan su iPod compilado por su gurú musical, y les salta ESTO. 

Y ahora, si tienen narices, van y me dicen que no es para tanto.

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Juguetitos del Caracol II o la muerte de Jack

Seguimos con los juguetitos del Caracol, sus gadgets retro, que no sus juguetitos sexuales como cierta pervertida se pensó (¿A que te linkeo para que quede claro quién eres? 😉 ).

Además de obsesivo, como dice Jazlima (Que conste que no he sido yo, ¿eh?) es un poco….. Perdón, bastante paranoico. Las paranoias se rigen por las modas del momento, aunque no siempre, porque hay otras arraigadas desde la infancia. Llegó la moda de la clonación de tarjetas de crédito y robo de identidades a través de datos recabados de la basura. En eso le tengo que dar la razón por mucho que me joda, porque a mí me clonaron la tarjeta de débito. Conste que esto lo pongo con letras pequeñitas con la esperanza de que os lo saltéis y que no quede patente en público que se la dí (La razón).

Un día por sorpresa alguien nos dejó una caja abandonada en la puerta del minipiso y cuando la abrimos apareció ésto.

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Instántanea de Jack en la que no sale muy favorecido. Se le había indigestado una factura.

 

Desde ese mismo momento empezó a formar parte de la familia, integrada por el Caracol, Brixta y el resto de cosas en el minipiso superpoblado. Había que hacerle sentir parte de la familia cuanto antes y bautizarlo con un nombre propio como al resto de los gadgets retro. Inmediatamente elegimos, por unanimidad, Jack la destripadora de papel. Le acogimos con los brazos abiertos y procedimos a hacer las presentaciones de sus nuevos hermanitos. Squeaky, la lavadora, “Hangy”-panky, el tendedero, Jonathan el lavavajillas o para los amigos, Johny el friegaplatos; Henry XXII, el aspirador. Todo tiene nombre en el minipiso, y nos referimos a ellos en tercera persona del singular, como debe tratarse a cualquier miembro de tu familia.

Para terminar de darle al bienvenida a Jack y tras las presentaciones, le prestamos la atención que se merecía. A un gadget retro hay que admirarlo. Ese diseño de líneas limpias y perfecto acabado…… Ese cromatismo delicado…… Esas púas perfectamente alineadas una al lado de la otra en perfecta sintonía destripadora……..Esos iconos de seguridad….. ¡Ay! Los iconos de seguridad. El juego que dieron. El Caracol casi lloraba de la risa al contemplar ésto de aquí abajo. Mientras Brixta lloraba de la risa también, pero de ver a una persona bien inteligente (Al César lo que es del César) sin poder ni hablar del ataque espasmódico. La verdad, no sé qué es más tonto si dejar que Jack arramble con tu corbata, o reírte durante media hora seguida de un icono patético donde los haya.

 

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El Icono de la vergüenza

Aunque ése no fue el único regocijo que Jack procuró al Caracol. Jack empezó a demostrar su destreza como asesina de papeles a través de su manivela. El Caracol buscó papeles por toda la casa a los que masacrar, entre los que se encontraban mi número pin de la tarjeta de crédito que era incapaz de recordar, un borrador de informe IMPORTANTE del Latifundio y varias anotaciones de posibles chorra- posts para este blog.Ya le podéis hacer a Jack un agradecimiento póstumo. ¡De la de que os ha librado!.

El Caracol estaba deseando que llegaran cartas del banco para destriparlas sin piedad y con alevosía. Descuartizaba con especial ensañamiento los tickets de compra con el número de tarjeta. Tendríais que haber visto su cara de disfrute. Ni un orgasmo, oiga. Jack se ganó al Caracol, y de todos los gadgets retro éste ha sido su favorito con diferencia. El dios del Olimpo de los gadgets en el minipiso.

Pero como os adelanté en el post Juguetitos del Caracol I el día trágico de Jack llegó, por culpa de la ex becaria enchufada del Latifundio. La muy zorra decidió celebrar su fiesta de despedida UN MES ANTES DE IRSE y JUSTO EL DÍA ANTES en que venían chopocientas personas a mi casa a COMER, que no a cenar. Les recuerdo que en Inglaterra se come a las doce / una de la tarde. Así que Brixta se levantó “fresca como una lechuga” después de 3,000 horas de sueño (Já) y haber bebido agua mineral toda la noche camuflada en botellas de whiskey (Já, já, já y más jás). Estando en “plenas facultades” no se le ocurrió otra cosa que recoger el minipiso a toda velocidad y acometer cierta tarea “urgentísima”: Tenía que quitar de en medio todas los datos clonables, no fuera a ser que los amigos del Caracol nos robaran la identidad (Conociéndonos ya de antes, ¿Quién querría pasar la vergüenza de ser confundidos con nosotros?). Tenía el tiempo contado para hacer todo, y le dió a Jack de comer. Jack murió del atracón, descuanjeringado por 10 centímetros de grosor de papel.

Brixta decidió llevarse el secreto a la tumba. El cuerpo de Jack no había sufrido ningún desmembramiento. “Colará…. Sí, colará y el Caracol no sabrá NUNCA que me he cargado a su hijo pródigo” – Se dijo Brixta.

El Caracol volvió de la compra y procedió a seguir con su rutina de descuartizamiento de tickets. “Ooooooooohhhhhhhhhhhhhhhhhh”- Dijo el Caracol compungido- “Me acabo de cargar a Jack”.

Brixta: – “Ohhhhhhhhhh nooooooooo”.

Si hay algo que se le da mal en esta vida a Brixta es mentir, pero no omitir, así que se calló como una puta.

Llegaron los amigos del Caracol y apreciaron las delicatessen culinarias de Brixta, además de bautizarlas a la anglosajona: Tortilla de patata es potato cake, empanada gallega es tuna pie, dragon cold tomato soup es gazpacho (se me había ido la mano con ajo)…

Lo que empezó siendo comida, se convirtió en merienda, cena y purgas (No voy a dar más delalles). Vino arriba, vino abajo. Cerveza a la derecha, cerveza a la izquierda. Se alargó un poco, pero algo comedido: Hasta las tres de la mañana.

Una vez solos el Caracol y Brixta, decidió volver a ser ella misma, es decir, una BOCAZAS. No podía aguantar más. Le confesó al Caracol que la asesina de Jack había sido ella.

El Caracol aún no me lo ha perdonado. El Caracol busca a (un sucesor de) Jacks.

¡Maldito vino-arranca-confesiones!

 

La becaria fue testigo del asesinato cometido por Brixta ya que estuvo de okupa la noche anterior. Pagó su delito pelando patatas cual preso y hasta que no le salieron ampollas en los dedos no fue perdonada y liberada. Lo que no sé aún es cómo castigar al vino-arranca-confesiones, el otro culpable.

 

Dedicado a la ex becaria enchufada. Gracias por no delatarme con tus carcajadas en la escena del crimen y delante del Caracol. Pero sobre todo, gracias por ese pela patatas tan folclórico que me enviaste, para el que se me ocurren mil usos menos para el que te lo vendieron. La colección gadget kitsch aumenta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Los Juguetitos del Caracol I

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Hay mucha gente en el mundo con fijación por los gadgets. A unos les da por la Wii, a otros por el iPhone, a los de más allá por móviles de última generación, a los de más aquí por pantallas de plasma, blackberries, webcams, iPods, y un amplísimo etcétera.

 

Los ingleses tienen, entre otras cosas, fama de excéntricos y tengo que añadir que ganada a pulso, mal me pese ya que odio los estereotipos. Brixta tiene la suerte de convivir con uno que se lleva todos los premios a la excentricidad, el entrañable Caracol. Sufre a diario y de cerca tales excentricidades casi en carne propia, de la que no se libran ni los gadgets, ya de por sí frikies.

 

Esas cosas sofisticadas llenas de botoncitos y lucecitas al Caracol no sólo no le van, sino que las abomina y le ponen nerviosísimo. Digamos que su gusto en gadgets es algo retro, sabiendo sacar todo el jugo a cosas tan prosaicas como la lavadora -esa gran desconocida para algunos. 😉 –

 

Toda la Humanidad andamos en la oscuridad en cuanto a conocimientos de gadgets retro se refiere, y por eso me he decidido, en un gesto gentil y altruista, compartir los conocimientos adquiridos gracias a la convivencia con el Caracol. Seguro que no teníais ni idea de que hicieran falta conocimientos de álgebra, geometría, y hasta saber hacer derivadas -saber de verdad, no vale eso de “Sí, yo lo di en primero de BUP” para separar la ropa en colores (por si no lo sabían el blanco NO se puede lavar con el color crema porque destiñe. ¿¿??), añadir el jabón -para lo que son necesarios amplios conocimientos de química- y ponerla en marcha, último paso en el que son imprescindibles conocimientos medio altos de ingeniería industrial.

 

Otro gran favorito del Caracol es el lavavajillas. Seguro que tampoco teníais idea de que para utilizarlo hay que tener altos conocimientos de física cuántica además de dominar ampliamente el concepto de espacio tridimensional. Es tremendamente importante aplicarlo correctamente a la hora de colocar objetos varios en su interior, no vaya a ser que se escacharre esa porcelana fina de diseños delicados que cuesta un huevo y parte del otro y que es vendida en exclusiva en esa tienda inasequible llamada Ikea, por ya ni mencionar las cucharas de madera, frágiles como figuritas de Lladró, además de igualmente estéticas. Un detalle muy importante es el factor migas-pegadas-a-los-platos. Gracias al Caracol he llegado a conocer que si entran en contacto migas con jabón se pone en marcha una reacción química comparable a una explosión atómica. ¡Ojo! El lavavajillas puede estallar como quede una sola por ahí desperdigada.

 

 

Un gadget retro que entretiene sobremanera al Caracol es ése gran infravalorado y, a veces maltratado, gadget conocido vulgarmente como tendedero. Tiene su intrígulis, no se crean y su uso requiere de técnicas y conocimientos especiales. Especial mención merece la técnica del colgado de calcetines caracoliano. Es necesario tener una aptitud especial para estirarlos muuuuuy bien con la mano -ya se sabe que llevar puesto un calcetín arrugado va a llamar la atención de toooodos los viandantes con los que te cruces y puede destrozar tu imagen pública y hasta mancillar tu honor-. Para alcanzar la perfección calcetinera hay que colgarlos equidistantes un centímetro, uno de otro exactamente, no sea que se contaminen o peleen entre ellos. Seguro que tampoco teníais ni idea de esto, ¿a que no?. Brixta tampoco. Su técnica es aleatoria, es decir, coloca los “cubrepinreles” aka as calcetines, sobre lo que pille y a mogollón. Brixta necesitaría escuadra, cartabón y, si le apuras mucho, hasta compás, para lograr lo que hace el Caracol con un simple golpe de vista. Es realmente admirable.

 

Debido al caos latino que corre por las venas de Brixta es incapaz de lograr este nivel de perfección casera, y no ha pasado, cada vez que lo ha intentado, el ISO caracoliano de estas tareas apasionantes donde las haya. Esto deprime a Brixta especialmente ya que no puede compartir con su pareja tales actividades relajantes y gratificantes que ayudan a meditar sobre el tiempo, el espacio, los cometas, de dónde venimos, adónde vamos, qué tiempo hará mañana, me habrá tocado la lotería, mañana me pongo a dieta seguro, tengo que ir sin falta al tinte, me apetece una cervecita, etc … Ese nirvana es únicamente alcanzable cuando se ponen en práctica estos serios conocimientos calcetineros. Brixta tiene que conformarse con ver al Caracol disfrutando de lo lindo a solas mientras le contempla compungida tirada en el sofá. A lo máximo que puede aspirar es a aplaudir y a admirar semejante obra de arte calcetinera perfectamente alineada cuando el Caracol da por terminada la práctica de uno de sus hobbies favoritos. Es un verdadero drama. (Entre vosotros y yo, Brixta tampoco se ha matado en el intento, pero no se lo contéis al Caracol).

 

Además de estos gadgets retro y prosaicos como ellos solos tenemos otros que se van incorporando a la familia, como esa cosa tan práctica y utilizada a diario en cualquier hogar normal: la guillotina de papel, llamada Marie France. La última adquisición ha sido un quita-bolas de ropa, que aún no ha sido bautizado. Puedo vislumbrar desde aquí y ahora la cantidad de momentos entrañables que este gadget va a deparar al Caracol y Brixta en el minipiso.

 

Próximamente en sus pantallas, post titulado Juguetitos del Caracol II en el que os contaré la trágica historia de Jack, la destripadora o trituradora de papel, uno de los clásicos y favoritos del Caracol. Aviso para almas sensibles: Aun a riesgo de destripar el final, no puede pesar sobre mi conciencia no avisar de que la historia contiene escenas de violencia y torpeza extremas, además de un trágico final: Jack murió asesinado en manos de Brixta. El Caracol aun no se lo ha perdonado.

 

Como alguien me dijo una vez, el Caracol tiene manías muy chungas. Muy chungas y muchas de ellas. 😉

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Trauma “biciclitero”

Un día como hoy, viernes tarde noche; un día alucinante con temperatura perfecta; aún hay luz, los barcos llenos de fiesteros recorren el Támesis. Una tarde noche que invita a la farra, al desmadre, al descontrol, a la juerga……..

 

¿Dónde podría estar Brixta? En la boda híbrido del año. Una boda Bilbo-El Cairo en plena campiña inglesa con asistentes a los que no ve desde hace años y a los que realmente aprecia, reunidos especialmente para la ocasión. ¿Se imaginan la mezcla? ¡Explosiva! Especialmente si se tiene en cuenta que llevan bebiendo desde la una de la tarde. Miro el reloj y pienso: “Ese que estará bailando encima de la mesa a estas horas….. ¿Llevará txapela o una chilaba?”. Ya me contarán, pero algo me dice que ganarán las txapelas. No le perdonaré al latifundio haberme perdido un acontecimiento como éste. Para una de las bodas de este año a la que me apetecía ir…. Hubiéramos necesitado a una cronista “pofessional” de bodas como Malayerba para sacarle todo el jugo. (A la próxima te vienes con pase blog-press).

 

¿ Y dónde está Brixta? En casita escribiendo un post que le ha prometido a Iwi, a quien recuerdo que me debe uno. El Caracol aprovechando que se ha librado de la boda híbrido se ha ido al concierto de James. Tampoco me matan los James estos, así que eso no me traumatiza.

 

Se acabó la autocompasión, que me repele. Así que gracias a Iwi me he obligado a acordarme de una semana “memorable”, que lo fue. Memorable durante al menos un mes gracias a lesiones y dolores varios. Casi me muero. Aún me duele sólo de acordarme.

 

El Caracol aún no era, las siguientes cosas:

 

  • Fundamentalista antitabaco, y sobre todo, no era talibán ex fumador.
  • Un yonky masoquista de “estar en forma”. Nunca iba al gimnasio y no estaba apuntado a ninguno. Ahora, a falta uno, está apuntado a dos. Les recuerdo que hacer ejercicio y los gimnasios siempre han ido en contra de la religión de Brixta. Para demostrarlo decir que no tiene esas cosas amorfas, acolchonadas y tan caras que se empeñan en llamar zapatillas de deporte.
  • Comía lo que le echaban. Ahora come cosas con pinta de alpiste, a las que llaman “orgánicas”.
  • El Caracol no usaba una bicicleta desde los once años. Brixta desde los diez y con ruedines, ya que nació sin sentido del equilibrio. La mejor explicación que Brixta ha oído sobre ésto es de una de mejores amigas “Brixta, como es jirafa tiene el centro de gravedad muy alto” (In I te lo he puesto a huevo, Science Man).
  • Cincuentón prematuro, ya que es treintañero, de la misma quinta que yo. Entonces era aún ventiañero, de los de verdad.

 

Teniendo en cuenta todos estos antecedentes, el Caracol un día normal después de una jornada de trabajo normal (todo lo normal que la pueda tener un informático, claro) vuelve a casa con unos papelitos y con cara de “acojonao”. Brixta no se atreve a preguntar, pero está a la espera. Sabe que el chaparrón le va a caer en cualquier momento. Y sí, señores, el chaparrón llegó. El Caracol se dejó liar por unos cuantos masoquistas del trabajo para apuntarse a la carrera en bici Londres-Brighton que hacen todos los años en la pérfida Albión.

 

Brixta es empática, ilusa, altruista y……. Bueno, ya vale de echarme flores a mí misma y vamos a decir la verdad. Lo que Brixta es, es ………. GILIPOLLAS. Dejó al Caracol planificar sus vacaciones de semana santa en torno a su “puto entrenamiento” AKA no hacer mucho el ridículo delante de los colegas del curro, alias cómo hacer colar que casi ni me acuerdo de montar en bici pero no me quedo atrás y quiera dios que no me meta una hostia. Ahí empezó todo. Maldita la hora………

 

A lo que íbamos, que me disperso. El Caracol decidió que nos íbamos a un sitio soleado, sin mucho viento, plano para no matarnos en el esfuerzo, y que a la vez pudiera disfrazármelo de vacaciones. Así que eligió, ni más ni menos, ni menos ni más, que Lanzarote. Brixta ni lo dudó. “¡¡¡¡Sí!!!! Lanzarote que siempre he querido ir. Esos cactus, ese volcán, ese buen tiempo continuo.”

 

 

Cuando llegué tuve serias dudas de los conocimientos geográficos del Caracol. Claro que, los míos aún peores. Si hay un volcán en la isla, luego “montaña que podría escupir lava en un momento dado”, plano no va a ser el terreno. No es que hubiera viento, no. Eran huracanes diarios (Las plantas las protegen con un muro de piedras para que las pobres puedan crecer. Ni los cactus sin ayuda de alguien crecen). Nos llovió todos los días. Pero eso no es lo peor, lo peor vino después. Me enteré de que los profesionales tipo Indurain, van a Lanzarote a prepararse para el tour de Francia o la vuelta ciclista a España. Y pa´llá que fueron el Caracol Brixta. ¡Y sin ruedines!

 

Y dirán ustedes: “Se pueden quedar en la habitación y tener una sesión de sexo continuo”. Les recuerdo que el obejtivo único del Caracol era no hacer el ridículo en la famosa carrera.

 

Brixta iba toda decidida a “si tú puedes, no voy a ser yo menos, amoshombre, noshajodidomayoquetehascreidoquevasapoderconmigo”.

 

Bien. Pues, juré y perjuré que nunca más. A las tres horas me hubiera amputado el “apéndice” ese, llamado orgullito.

 

Como aquí no nos andamos con tonterías, la primera salida en esas cosas con dos ruedas que llaman bici AKA tortura china alias les-doy-a-la-goda-y-guiri-de-mierda-estos-lo-peor que-me-quede-en-la-tienda, fue campo a través. Cual kamikazes. Nada de carreteritas con asfaltos de esas para tontos, amoshombrefaltaríamáslovamosaponerfácil. ¡Ja!. El Caracol se emocionó, cogió velocidad y voló. Brixta se emocionó también, pero de acojone. Brixta también cogió velocidad y voló, literalmente. Brixta se revolcaba en el polvo. Una mezcla de dolor y risa que nunca olvidará. Lo más importante es que esa “criatura del infierno” AKA tortura china alias bici quedó a tres metros de ella. Sólo espera que nadie la viera y esté ahora en You tube sin su consentimiento.

 

Brixta volvió andando al hotel. Brixta no pudo andar como una persona en un mes. Brixta perdió su grácil paso cimbreante (¡Já! Ni que lo hubiera tenido nunca). Brixta se traumatizó y no ha vuelto a tocar una bici a no ser para quitarle el polvo a la bici del Caracol (que se compró nada más llegar que costó ni más ni menos que un sueldo de Brixta).

 

Brixta cada vez que ve al Caracol llegar a casa con papelitos se acojona. Si el Caracol le viene con el cuento de que tiene hobby nuevo, también se acojona.

 

 

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De Choques Culturales y Albóndigas (1)

Lo prometido es deuda (Ves, PutaVaga, todo en esta vida llega, incluso arcos 😉 ).

Éste es el primer capítulo, porque ha habido muchos más. Después de tantos años las cosas se te olvidan (la edad o la mala vida), o simplemente ya ni te sorprenden, y dejan de ser choques culturales para convertirse en el pan nuestro de cada día. Prometo hacer memoria.

Una de las primeras veces que quedé con el Caracol vino a buscarme al cuchitril donde yo vivía por entonces. Acababa de terminar mi turno de trabajo y no me había dado tiempo a cambiarme. Mientras terminaba de “restaurarme” (Porque la palabra correcta no es arreglarme. La verdad siempre por delante) le ofrecí unas pipas. El Caracol las miró con cara de sorprendido y dijo: “¿Pero eso no es comida de hamsters?”

“Sí “– contesté yo – “Comida de hamsters y españolitos”.

Él se rió y dijo que sí quería, asintiendo con la cabeza. Le puse un puñado en su mano extendida. Su mano y brazo se convirtieron en catapulta y se metió el puñado entero en la boca. Yo me dediqué a observarle incrédula. Empezó a masticar. “Esto está un poco duro, ¿no?”. Me empecé a reír como una posesa mientras él seguía masticando, y masticando….. Y masticando. Todavía no comprende el “arte” de quitarle la cáscara a la pipa y comer lo de dentro. Hasta mi perro sabía hacerlo y no va de coña. Dice que es demasiado trabajo para el resultado. Puede que tenga razón, pero no le ve el lado filosófico a comer pipas: es súperdesestresante y mineralizante. ¡Mejor! Más pa´mí.

Otra vez me envió un sms que literalmente ponía : “I miss you coñito” (“Te echo de menos coñito”). Cuando lo leí mi cara pasó por estas fases: cara de imbécil-cara de cabreo-cara de incredulidad- cara de descojone.

Me di cuenta que había intentado escribir cariño, sólo que le bailaron las letras “un poco” y no sabía exactamente dónde iban. Tendríais que haberle visto la cara cuando le dije lo que había puesto de verdad.

Uno de las pegas de echarte novio guiri es tener que hacer traducción simultánea cada vez que vais de vacaciones a tu país. Os juro que agota. No me extraña que los traductores de la O.N.U. hagan turnos de media hora. Es cierto, te machaca mentalmente. (Otra cosa para la que no valgo, mira tú).Y eso que estoy bastante acostumbrada a cambiar de un idioma a otro en cuestión de medio minuto. En esta ocasión estábamos en cierta parte de Macorina´s Islands en un restaurante y había que decirle al camarero lo que íbamos a pedir. Yo quería pedir una tapa de albóndigas, pero se me quedó la palabra atragantada o perdida entre la neurona con muletas que tengo por cerebro:

Brixta: Ummmmmm, y otra de …. Ummmmmmmmm

Camarero esperando con cara de coña.

Brixta: Ummmmmmmmm (Ya os digo que la neurona estaba ocupada buscando la palabra albóndigas y no se le ocurrió transmitir la información señala-lo-que-quieres-en-el-menú”)

Caracol (to the rescue): Alboundigasssss

Camarero descojonado y Brixta con los ojos como platos.

Y yo me pregunto…. ¿Qué más sabrá decir y yo sin saberlo?

Una de las mejores (algunas habéis visto esto ya) fue en la feria del Puerto. Nos juntamos unos amigos y el Caracol se vino. Estuvieron toda la noche intentando tomarle el pelo. Hay que reconocer que se defendió muy bien el caracolito, pero su momento llegó. Fui a la barra a pedir, me doy la vuelta y me encuentro con esto.

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Sí, veis bien. Eso es una lechuga, y aliñada ¿eh?, y un mini, cachi o maceta (o como lo queráis llamar) de ron con coca-cola.

(Chicas londinenses, tengo archivada la foto como “Snail & Lettuce”. No hemos llegado a ese punto de la relación en la que le quiero llamar babosa).

Claro que, esa misma noche otro amigo ecuatoriano (Empadronado en Mallorca, luego sin exusas, porque no es que nunca hubiera estado en España) le dio por comerse los caracoles con cáscara, y decía: “No sé, no le pillo yo la gracia a los caracoles”. El hombre Caracol (Sería que no quería hacerle ascos a sus semejantes) le imitó y también se los comió con cáscara.

 

Visto lo visto está claro que al Caracol le gustan las cosas con cáscara. El día que deje de gustarle yo me compraré un disfraz de huevo. Él podría ser el bacon.

 

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